miércoles, 26 de enero de 2011

LAS BIENAVENTURANZAS DEL EVANGELIO DE SAN MATEO


La enseñanza de Jesús empieza con una palabra que repetirá hasta nueve veces: “dichosos”. Nuestro mundo contemporáneo (como quizá cualquier momento de la historia) busca la felicidad y propone caminos bien concretos para conseguirla. En algunas ocasiones su propuesta para conseguir la felicidad se corresponde con la propuesta de
Jesús. Otras veces está en las antípodas. Con todo, el anhelo de felicidad debe ser una premisa necesaria para poder presentar el camino de Jesús; un camino que tiene una fuerte carga de interpelación ante las múltiples proposiciones que se nos ofrecen para vivir “dichosos”. Lo importante es dar una orientación de felicidad a la vida.
Las bienaventuranzas que contiene el evangelio de Mateo no corresponden a diversas categorías de personas, sino que son trazos diversos de un mismo ideal de persona; por lo tanto son indisociables. Un misericordioso que no sea limpio de corazón, o bien un pobre o perseguido que no trabajase por la paz no podría entrar en las bienaventuranza evangélica. Las bienaventuranzas son el perfil espiritual del Maestro de Nazaret, así quien quiera seguirle deberá dejarse seducir por este estilo de vida y llevar a su propia existencia, con una constante dedicación, esta forma de vivir.
Las bienaventuranzas del cristiano, seguidor de Jesús, no están redactadas como leyes o mandamientos a manera de imperativo. Son invitación e indicativo de una oferta de transformación en el amor. Las Bienaventuranzas son la norma suprema de conducta del cristiano, seguidor de Jesús. Debemos situarlas en el corazón del Evangelio, como clave de interpretación de todo él. No entenderíamos las Bienaventuranzas si no advirtiéramos que son, ante todo, un autorretrato de Cristo. Jesús ha sido, en rigor, el único ser humano que ha vivido hasta el fondo las ocho bienaventuranzas.
Asimismo las Bienaventuranzas leídas en clave y lógica racionalista son una estupidez aberrante y demencial; las ocho normas para no triunfar nunca en la vida. Pero esta es la sabiduría humana, de la que Dios se ríe. La vida, ejemplo y conducta de Jesús son, en definitiva, la clave más auténtica de interpretación de las Bienaventuranzas. Él fue pobre y sufrido, tuvo hambre y sed de justicia (santidad), fue misericordioso y limpio de corazón, trabajó por la paz y la reconciliación, fue perseguido y murió por causa del bien y por amor al hombre. Jesús vivió pues las Bienaventuranzas y las proclamó a sus discípulos. Las Bienaventuranzas son esencialmente su autobiografía. A través de ellas nos habla de sí mismo, de sus criterios, de su mentalidad, de su escala de valores. Son como una radiografía de Jesús.
Las Bienaventuranzas son Evangelio, buena noticia, y por tanto invitación a la alegría. Bienaventurados, dichosos, felices, alegres…Parece que a Jesús se le llena la boca y el corazón de gozo al anunciarlas después de vivirlas Él. Tristemente muchos ven en ellas cosas incomprensibles y aparentemente inconvenientes. Nosotros, los cristianos, somos llamados a abrazarlas gozosamente para hacer de ellas el único norte de nuestras vidas

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